jueves, 29 de diciembre de 2016

Y resulta que entre tanto juego de palabras, entre tantas historias que se entretejen, porque al fin y al cabo son todos los mismos, con distinto nombre y en distinta época, hasta diferente carácter, pero los mismos al fin. Entre todo eso se va desovillando mi historia, y la tuya, y la de tantos que de alguna manera nos vemos en la misma y somos tan distintos, tan desparejos.

Es entonces cuando me empiezo a preguntar cuál es realmente mi historia. De dónde vengo es de las preguntas más sencillas y no sé responderla. A dónde voy va complejizando la trama. Cómo y por qué son imposibles, son dudosas, cambiantes.

Pero hay constantes, yo lo sé. Varían pero son constantes. Y agarro mis palabras, mis historias, esas que siempre desestimé. Es en ese momento que me miro, me observo acá acostada en mi casa escribiendo, con mis anteojos, mis cigarros, mi gata. Y me veo allá, llorando por un tipo violento que me destrozó por dentro, que me llenó de temores, que me hizo colmar de tanto odio e impotencia.

Y no puedo sentir más que admiración de mí misma. Porque sí, podría estar mucho mejor, eso lo sé. Pero lo mal que podría estar, lo mal que llegué a estar. Lo que conseguí en estos años, las historias que elegí protagonizar y las que no, los rumbos que tomé.
Y quizás no sea tan mediocre como pensé tanto tiempo.

[28.12.2016]