miércoles, 2 de noviembre de 2011

III

¡Cuánta perversión rodeaba a mi ciudad! ¡Qué hipócrita y cruel es este mundo!
Ya nada sería suficiente para ninguno de los que atravesamos esa época desgraciada. Con la espalda desgarbada, los brazos caídos y los ojos resecos, caminaríamos nuestro desierto, sin encontrar la tierra prometida, disfrutando brevemente cada oasis para seguir con aún más sed.
¡Esa maldita ambición de felicidad!



Estábamos rodeados. Nos atacaban en la tele, en el cine, en la radio, en la calle. La ropa, la música, todas eran armas letales. No había forma de escapar de ese caos comercial que nos carcomía el corazón mientras comprábamos cuerpos y proclamábamos propiedades.


<16.10.011>

No hay comentarios.: