Temerosa, acostumbrada al rechazo y la frustración, incapaz de aceptar la sencilla tranquilidad de la feliz realidad, se dedicó a poner a prueba, a destruir senderos.
Un niño pequeño, no más de once, camina por la acera, tembloroso ante el escalofriante porvenir de una vida que ya le enseñó el dolor de la presión, de la violencia, de la muerte.
Ella, condena para rescatar.
Él, se yergue para seguir.
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