miércoles, 18 de noviembre de 2015

Me vuelve a acechar el insomnio, como hace años no sucedía. Hoy sé cuál es su causa y cuáles serán sus consecuencias. Sé de mis insatisfacciones y de las suyas. Y sé que el sonido de las teclas al crear palabras llevará a una nueva disputa por la mañana respecto a mi fidelidad.

Sin embargo, jamás me dirá todo lo que yo ya sé: de su cansancio, de sus dudas respecto a mi amor, a nuestro amor. Sé que no me hablará de su madre despotricando sobre mi deseo. Y también puedo asegurar que forzaré esa discusión, que no podré tragarme lo que descubrí.

Intento establecer una línea de hechos, cómo hemos llegado a ser esta bomba incontrolable. Supongo que jamás pudimos ser otra cosa, estamos destinados al fracaso desde el momento cero, desde la premisa inalcanzable de sinceridad y unidad, desde que nos creímos diferentes, mejores.

Mi comportamiento es lamentable, lo sé. Me daría mucha vergüenza que alguien me leyera el pensamiento. Pero debo ser práctica, pragmática. Y, si ese es el caso, debería comenzar a buscar un techo bajo el que vivir, solo por si acaso. Pero eso sería traicionar a nuestro amor.

No encuentro un proceder correcto, una salida agradable de todo este tormento. Quiero huir a los brazos del pasado, redescubrirlo a él y que me vuelva a proteger, cometer nuevamente cada uno de nuestros errores, aunque lleguemos aquí otra vez, pero sentir su abrazo cálido y creer.

lunes, 16 de junio de 2014

Soy feliz. Superé los dolores que me atormentaron durante años.

Vi a tu novia. Sabía que ella iba a ser la próxima en tu vida cuando la vi por primera vez. Te dije que me caía mal. Es tu novia. Siempre te leí. Te lee ella? Te permite liberar toda esa sed, esa necesidad, esa crueldad?

Soy feliz.

No sé si me viste de nuevo. Yo no te vi. Mi novio me protege, me cuida y me acaricia. Me curó de tus maldades, me permitió llorar y ser insegura hasta que ya no tuve por qué llorar ni por qué sentirme insegura.

Vi a su novia. Vah, él la vio. Yo estaba ahí, pero no la vi. Me dijo que no le afectó. No le creo. A mi me afectaría verte, me subirían unos enormes deseos de presentarme enfrente tuyo y escupirte.

Una vez pasé por tu casa. Fue sin querer, no iba allí en realidad, pero no encontraba la calle. Vi tu auto y agarré una llave, no tenía nada filoso. Después corrí y llamé a mi mamá para tranquilizarme.

Soy feliz. Tenemos muchos proyectos juntos. Me gustaría que me devuelvas la plata que me robaste cuando te pedí que te vayas de casa. Tengo proyectos.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Se paró en frente de ella, mirándola fríamente, una gélida contemplación distante, como nunca había observado a nadie, como si no hubiera nadie allí en frente suyo, como si no fuese ni siquiera la suficientemente cosa como para merecer una mirada real. La miró, no a los ojos, sino al punto intermedio entre ellos, allí donde comienza la nariz, unos dos centímetros más abajo que donde apunta el láser de un francotirador de película.
Ninguno de los dos supo cuánto tiempo transcurrió así, él congelado, estatua glacial, ella en frente suyo, rogando una señal de reconocimiento, de humanidad y, luego, simplemente mirando al piso, aguardando el momento de poder moverse, huir, desaparecer del mapa y no volver a cruzarse más con esa persona que tanto quiso otrora y que ahora le negaba hasta su olor.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Un manchón negro me llamaba desde su centro la primera vez que la vi. Poco después me acordé de ponerme los anteojos y ahí estaba su tatuaje; cuatro líneas verticales y dos puntitos, nada más… pero… ¡Ay que exitosos en cada capricho! ¡Jesús que me convocaban!
Las dos líneas internas se torcían cada una sobre sí misma en una sola de las puntas y los firuletes semejaban el Ying-Yang. Las externas eran simples paréntesis, apenas partidos hacia adentro por la mitad. Y, por fuera, los puntitos balanceaban las líneas –sin contacto- remachando a prudentísima distancia los quiebres entre relieves.
Desde la base del cuello el dictador –reinante dibujo tronador- atrajo a sí, impune, cuanta manchita encontró diseminada en la piel lechosa de los otros; brazos y piernas habían quedado lisos, pulcros, con algunos puntos naranja-amarronados demasiado esparcidos como para llamar la atención.
Así, cuando noté que estaba enamorado de aquella espalda, la amaba a ella hacía tiempo. Como el tatuaje supo hacer a la constelación de pecas que lo rodeaban (alguna que otra, apenas más pigmentada, simulaba ser lunar o pobre planeta), me esclavizó su belleza –tan cierta como el halo infantil y divino de su risa. Y se propuso mantenerme siempre cerca, un pasito antes del horizonte, al alcance de la vista, mi vista siempre en su espalda, buscando galaxias nuevas que, si encuentra, mi boca desespera por besar.
Casi a diario persigo la ternura en sus estrellas. Suelo ir a parar en otras partes; claras, llanas, a menudo allanadas, que intento arar. Inimaginables, los caminos a esos miembros blancos no llevan el oxígeno abundante que requiero para respirar pausadamente: me bato, pierdo, nos olvidamos de exhalar.


Te amo, precioso. El mejor regalo del universo es leer esto a tu lado.
Con infantil sonrisa y los ojos deslumbrantes de ilusión, le toma la mano fuertemente. Ella lo mira y sonríe. Él aún no reconoce la resignación.
Si supiera lo que pienso, pobre, ingenuo y maravilloso pequeño que no sabe, no tiene idea, creyente aún del poder del deseo, de la bondad, de mi eternidad e incondicionalidad.
Ay, qué será del día en que me veas desnuda, cubierta de cicatrices, incapaz de llorar. Del día que te enteres de dónde venís, qué cruel mundo te espera, las posibilidades que te depara.
Qué será de mí el día que concuerdes con mi decisión de no tenerte y me juzgues por no haberme animado.